EL EVANGELIO EN MARCHA

(PROV. 31:29-31)

Por: Rev. Julio Ruiz, Pastor de Iglesia Bautista Hispana de Columbia, Falls Church, Virginia

 

 Muy amados hermanos. Con gran gozo les escribo desde mi “rincón” donde se producen los sermones. Después de más de un mes sin estar por acá, haciendo lo que mas me agrada, reaparezco para enviarles este mensaje con motivo del día de las madres. Me estoy recuperando poco a poco. Después de haber estado casi un mes en el hospital, haber rebajo unos cuantos kilos, estoy por acá otra vez.

  Dios ha sido muy bueno. Sus misericordias simplemente no podre enumerarlas. El me ha concedido la bendición de seguir adelante en el ministerio. Si es su voluntad, estaré predicando este mismo mensaje este domingo para mis queridas madres de la iglesia.

  Muchas gracias hermanos por sus oraciones. Por favor sigan orando para una completa restauración, en especial la del dolor de mi pierna. Por lo demás, el corazón esta funcionando perfectamente. Hoy fui al cardiólogo y me dijo eso. Me hicieron un Eco y todo está marchando bien, en especial la válvula mecánica… alabado sea el Señor. Bendiciones, muchas bendiciones…

 

INTRODUCCIÓN: Con muy pocas excepciones, hay  mujeres para quienes el título de “madre” es una vergüenza. En este grupo se cuentan  aquellas que deliberadamente decidieron no traer a sus hijos al mundo porque no fueron planificados. Ellas forman parte de aquellas que se provocan los abortos deliberadamente. También están aquellas cuyos hijos sufren las consecuencias de una madre irresponsable y sin afecto natural por el abandono que hicieron de ellos en su temprana edad, pero también  son excepciones. Así que la verdad es otra. Las madres son la encarnación de un auténtico amor que solo puede ser superado por el amor de Dios. Y es ese amor  que ha servido para los mejores reconocimientos; para la más notable alabanza como la que nos presenta este pasaje. Y con esto decimos que la alabanza que se convierte en adoración le corresponde a Dios. Pero la alabanza que se convierte en reconocimiento a la virtud y a la consagración, les corresponde a ciertos mortales, entre los que se cuenta la madre “que teme a Jehová”. Note que no es una alabanza por su belleza externa, tan ponderada por la vanidad del mundo de lo estético. En todo caso es una alabanza a sus virtudes que adornan su vida íntima. Es una alabanza a esa mujer de pelo blanco, de manos arrugadas, de cuerpo cambiado como resultado  del consumo de los años, dedicados a sus hijos, a la casa, al marido y a otros. A esa mujer, la Biblia le hace justicia cuando la elogia, la alaba y la enaltece, destacando sus virtudes y su consagración a él. Con esa mujer tenemos una deuda que la Biblia nos  exhorta a pagarla: “Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra” (Ro. 13:7). Y la mejor manera de pagar nuestro tributo a ellas es unirnos a la exhortación de la palabra para alabarla, en un himno que ha sido escrito bajo la inspiración de ese nombre a quien llamamos “madre”.  Que “se levanten los hijos y la llamen bienaventurada y su marido  también la alabe” Prov. 31:28. Hagamos hoy un paréntesis para traer el más justo reconocimiento a ese ser que nos dio la vida. Veamos por qué la madre virtuosa es digna de una justa alabanza.

I. PORQUE UN HIJO ES UN AMOR INOLVIDABLE.  Isaías 49:15

1. El amor de madre no sufre de amnesia. Hay “amores que se olvidan”, dice una canción romántica. Pero me temo que son aquellas ilusiones pasajeras, aquellos sentimientos que gobiernan el corazón temporalmente o aquellos que se construyeron sobre las bases de una satisfacción personal. Sin embargo, sí hay amores que no se olvidan y los tales permanecen para siempre según nos recuerda 1 Corintios 13. Cuando el profeta Isaías quiso ilustrar  ese amor que no olvida,  puso a Dios y a la madre como obligadas referencias. De esta manera preguntó: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre?  Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti” (Isa. 49:15). El amor de madre es tan inolvidable como el amor de Dios para con nosotros. Y es que no se puede olvidar lo que se formó en el vientre. Cómo puede olvidarse aquella célula que se convirtió en embrión y que de una manera milagrosa y misteriosa dio origen a un ser humano de acuerdo a la “imagen y semejanza” divina. Cómo puede olvidarse aquella criatura que tuvo vida por su vida; alimento de su alimento; aliento por su respiración. Aquello que fue hueso de sus huesos y carne de su carne.

 

2. No se puede olvidar lo que se llevó en el vientre. Como puede olvidarse aquello que por nueve meses (aunque algunos se adelantan) estuvo en su “propia habitación”; en lo interno de su cuerpo, de donde sintió sus latidos y sus movimientos. Cómo olvidar aquella carita inocente, aquella risa infantil y el lenguaje de su lloro a través del cual manifestaba su hambre o cualquier enfermedad. Cómo olvidar al niño, al adolescente, al joven o al adulto, pues  a pesar de los años el sigue siendo el fruto de su vientre. ¡No, ese amor no puede olvidarse!  Sólo hay una cosa donde la madre se olvida: el dolor de parto por el gozo de su nuevo hijo. Cuando Federico II de Prusia subió al trono, la reina madre, al dirigirse a él le dijo: “Vuestra majestad…”. Y el futuro Federico el grande se apresuró a contestar: “Llamadme siempre vuestro hijo; ese título es más preciado para mí que la dignidad real”. Esto es un verdadero elogio para ese ser a quien llamamos madre.  No olvidemos que aunque seamos algo en esta vida,  primero  hemos sido hijos.

II. PORQUE UN HIJO ES UN RIESGO INEVITABLE (Ex. 2:3 )

1. ¡Que mueran los varones! La orden del Faraón había sido clara y perentoria. Por cuanto Israel había crecido tanto y estaba bajo una gran opresión, esta era la determinación: “Cuando asistáis a las hebreas en sus partos, y veáis el sexo, si es hijo, matadlo; y si es hija, entonces viva” (Ex. 1:18). Las parteras desobedecieron esa orden y finalmente el Faraón siendo “engañado” por ellas, dio otra orden  que todos los niños varones fueran echados al río. Pero hubo una madre que corrió un riesgo, no sólo por no hacer lo que aquel malvado hombre pedía, sino porque colocó a  su recién nacido en una arquilla donde otros riesgos no era menos que el anterior toda vez que el mismo río tenía sus peligros naturales. En la historia bíblica se conocerá como  Jocabed, quien llegó a ser la madre del gran caudillo del pueblo de Israel,  el “niño sacado de las aguas”, que es la  traducción exacta del nombre Moisés. Esa mujer nos enseña la gran lección del riesgo que vale la pena correr cuando se trata de salvar a un hijo. Nos habla del gran don de la fe que vive en el corazón de tantas madres.

 

2. Un hijo es riesgo válido. Nadie se ha arriesgado tanto por nosotros en este mundo, después del sacrificio divino, como lo que han hecho nuestras madres. Por un hijo,  una madre se arriesga a una noche de desvelo. Por un hijo, una madre se arriesga a cruzar montañas donde hay peligros de las fieras; se arriesga a caminar sobre la nieve, aunque lo único que haga sea cubrir a su pequeño; se arriesga a sufrir hambre o enfermedad con tal que su hijo coma o esté bien. Un hijo es un riesgo que vale la pena correr pero nadie lo hace mejor que el amor de una madre.

III. PORQUE UN HIJO ES UNA PETICION  INCOMPARABLE ( 1 Sam.1:6).

1. El amor de un hijo es más grande que el de un marido.  La vida de Ana es otra de esas narraciones bíblicas en donde uno puede ver, no sólo la intervención milagrosa divina, sino  contemplar el dolor y la aflicción que viene al corazón de una mujer cuando por las causas naturales no ha podido tener un hijo. Es posible que para algunas parejas modernas el no tener un hijo sea porque haya impedimentos físicos o porque hayan decidido no tenerlos, no se constituya en una ansiedad matrimonial. Pero  eso no era el caso  con una mujer judía. La esterilidad en una mujer estaba consideraba como sinónimo de improductividad, como una vergüenza social y hasta causa de divorcio si el esposo así lo determinara. Tan cierto era esto que Sara al saber que no podía darle un hijo a Abraham, le entregó a Agar su esclava, de modo que le diera un hijo para complacer a su esposo. 

 

2. El amor de un hijo substituye otros amores. El amor de un hijo es incomparable. Cuantas madres no tienen el amor de un esposo pero cuentan con el amor de sus hijos y esto les llena. La falta de un hijo puede llevar a mujer a presentar su oración al Padre celestial como algo incomparable. El sacerdote Elí pensaba que Ana estaba  borracha cuando solamente movía sus labios en oración agonizante porque quería un hijo. Tanta fue su angustia que le presentó una condición a Dios, “Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieras a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová  todos los días, y no pasará navaja sobre su cabeza” v. 11.  Nada produce más gozo al corazón de una mujer el saber que en su vientre se puede formar una criatura a quien luego puede acariciar, tocar, vestir, bañar, mirar y hasta por quien puede llorar. ¿Sabe usted con cuanto gozo Ana preparaba todos los años una túnica para su pequeño que llegó a servir en el templo? El nombre Samuel  significa “pedido a Jehová”. De allí que un hijo es una petición incomparable.  Por eso ustedes, amadas mujeres,  son dignas de todos los elogios y alabanzas.

IV. PORQUE UN HIJO ES UN DOLOR INENARRABLE ( Jn. 19:25)

  Cuando moría el Hijo del Hombre, a los pies de la cruz estaba una mujer con una “espada en su corazón”, según se le había profetizado. Ciertamente había otras mujeres como la misma hermana de María, María la mujer de Cleofas y María Magdalena. Todas ellas sufrían con terrible dolor al ver a su salvador agonizando por medio  de  quien habían encontrado el perdón de sus pecados, pero ninguna de ellas podía sufrir más que María, la madre de Jesús. Ella le dio a luz. Ella le envolvió en pañales en aquel humilde pesebre. Ella lo amamantó y lo crió como un hijo normal. Aquel hijo era el  fruto de un  vientre bienaventurado, según también se le había profetizado. En la cruz estaba muriendo el salvador del mundo, incluyendo a  María misma, pero allí estaba muriendo también su hijo. Ciertamente no podían compararse los dolores de Jesús con los de su madre al verle sufrir, pero la conmoción de ella  frente a aquella escena inenarrable de dolor  no puede ocultarse. Allí está el corazón materno también desgarrado. María fue el instrumento que Dios escogió para que naciera su Hijo, por lo tanto aquel dolor tenía proporciones gigantescas. A los pies de la cruz llora una madre al ver la forma cómo matan a su hijo, a quien ella, como nadie más conoció por su inocencia y su vida apartada. María les enseña a las madres de todos los tiempos que un hijo pudiera ser uno de los dolores más inenarrables.  Su ejemplo de llevar esa “espada en el corazón” puede ser una fuente de ayuda  para aquellas madres que llegan a perder a sus hijos frente a sufrimientos que muchas veces son incomprensibles y que algunas veces no son justificables.

CONCLUSION: El gran predicador Cambell Morgan tuvo cuatro  hijos quienes fueron de igual manera predicadores como su venerado padre.  Uno de  sus hijos menores, Howard Morgan llegó a ser un insigne predicador de la talla de su propio padre. En una ocasión que su padre viajó a uno de sus tantos compromisos, le tocó ocupar el púlpito en su ausencia. Alguien quien curiosamente quería indagar sobre esa familia de predicadores le hizo una pregunta como para despertar el ego el joven predicador, así le preguntó: “Howard, ¿quién es el mejor predicador de la familia?”, y sin dudarlo mucho respondió: “!Mi madre!”. Este fue uno de los mejores tributos que un hijo rinde a su madre por lo que ella es y por lo que ella hace. Unámonos en este día para traer el gran elogio que el sabio de antaño había proclamado cuando pensó en la madre: “Se levanten sus hijos y la llamen bienaventurada…” (Prov. 31:28a).

Si desea consejería o hablar con el Pastor Julio Ruiz, puede llamarle a los

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