OPINION

Mil pesos para matar a Oscar Arnulfo Romero

Por José Manuel Ortiz Benítez

El 24 de marzo de 1980, uno de los grandes precursores de la teología de la liberación de América Latina caía abatido bajo el altar de la Iglesia la Divina Providencia en El Salvador.

Oscar Arnulfo Romero y Galdámez, un hombre arriesgado, un profeta, un propulsor de la igualdad, fue derribado en el cuadrilátero desde donde luchaba como un gladiador a favor de los humildes, los olvidados, los débiles, las personitas sin voz ni poder que Dios abandona a su propia suerte.

Incondicional, luchador, un incansable que aplastaba con su humildad, con su estilo de vida reducida a velar por el más débil; un maestro que enseñó a mirar hacia delante y hacia adentro a varias generaciones de salvadoreños. Monseñor Romero era el amigo perfecto. Un animal de la fe, un servidor leal a los principios de Dios y a los de la Humanidad. Mantuvo hasta su muerte una pasión, una perseverancia, una generosidad que se llevó consigo, como si su raza fuera única, la raza de Monseñor Romero.

La madrugada del 24 de marzo, antes de salir el sol, un grupo de verdugos planificaba en algún lugar secreto la disposición: “matar al curita por husmear en asuntos ajenos a la religión.”

A las 6:25 de la tarde, el Arzobispo Oscar Arnulfo Romero caía abatido de un balazo certero al corazón. Tras el fallo inicial de las piernas, el cuerpo se desplomó, y la cabeza sin control chocó estrepitosamente contra el suelo. La sotana blanca con la mancha morada de la mezcla de la sangre y el vino del cáliz todavía se conserva en el Centro Histórico Hospital la Divina Providencia en la Colonia Miramonte, San Salvador. Verla causa conmoción.

Nada se pudo hacer en el hospital para resucitar el cuerpo de aquel hombre que luchó como nadie por la igualdad de los salvadoreños.

Gracias al periódico digital El Faro, se sabe que el planificador del asesinato fue el capitán Álvaro Rafael Saravia, un maestro en el oficio de matar en la década de los años 80s. Saravia, ya con el alma reformada, dice hoy abiertamente que quien le dio la orden de matar a Monseñor Romero fue el mayor Roberto D´Aubuisson, un hombre que el partido ARENA sigue venerando como su máximo líder espiritual.

Saravia, desde paradero desconocido, no revela el nombre del asesino material del crimen, se limita a confirmar que fue él quien le entregó “personalmente los mil colones” al verdugo para realizar la obra que le encargó Roberto D´Aubuisson.

A pesar de lo trascendente y conmovedora que resulta la historia de Monseñor Romero, nadie en la prensa salvadoreña ha retomado el hilo para aportar más claridad al asesinato del salvadoreño más humilde y más grande que haya parido nuestra patria. Tampoco nadie dentro del estado salvadoreño se ha preocupado de hacer justicia, de devolver la verdad a los libros de nuestra historia, de tal manera que las nuevas generaciones sepan lo que realmente ocurrió y evitar que vuelva a ocurrir algo parecido.

Todo indica, sin embargo, que el autor intelectual del crimen fue el mayor Roberto D´Aubuisson y, en ese sentido, la importancia del asesino material es solamente un detalle suelto de poca relevancia: un tipo anónimo al que le pagaron mil pesos. Pudo haber sido cualquiera con hambre, descalzo como los que defendía tan ferozmente Monseñor Romero.

Queda mucho por recorrer; que la VERDAD pase a ser realidad cotidiana en las mentes salvadoreñas.

En la Conmemoración del 37 Aniversario de su muerte, las palabras de Monseñor Romero siguen siendo tan vigentes como nunca: “Podrán matarme, pero no podrán callar la verdad”. (José Manuel Ortiz Benítez es columnista salvadoreño en la ciudad de Washington, DC. Twitter: @jjmmortiz)

 

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